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Mascarillas y guantes tirados en la naturaleza: Pandemia COVID-19

La desescalada del confinamiento por la pandemia del coronavirus deja un sabor agridulce para los más preocupados por el medio ambiente. Por un lado, la toma de las calles por parte de peatones y ciclistas muestra que un modelo de ciudad más sostenible es posible. La contaminación se ha reducido; se ha recuperado un tejido vecinal que en muchos lugares se había perdido al calor del individualismo fomentado por la sociedad de consumo; se ha reforzado el valor de lo local, de encontrar lo que necesitamos en un radio de apenas quince minuto.

Todo ello contribuye a favorecer un desplazamiento más corto, mayoritariamente realizado a pie o en bicicleta. Un cambio de movilidad urbana con claras ventajas ambientales y sociales: al final, mejorar la calidad ambiental es mejorar la salud de los ciudadanos.

Durante el confinamiento ha aumentado el número de envases plásticos

Sin embargo, en la parte contraria de la balanza tenemos, por ejemplo, la paralización temporal de fondos destinados al impulso de una economía verde y baja en carbono. También se ha producido un aumento en los residuos plásticos que generamos, dada la necesidad de emplear productos de un solo uso, como mascarillas o guantes, para evitar la propagación del virus SARS-CoV-2 entre la población.

La mala gestión de estos residuos, que en muchos casos viene por desconocimiento de dónde desecharlos una vez ya no los podemos usar, hace que hoy en día cualquier ciudadano pueda encontrarse con mascarillas y guantes en suelos urbanos, periurbanos y rurales.

Libera y SEO/BirdLife conciencian de la mala gestión de los residuos tirados al suelo

En este sentido, los miembros del proyecto LIBERA de SEO/BirdLife en colaboración con Ecoembes han hecho un llamamiento a la población para que repare en el impacto socioambiental de arrojar sus residuos al suelo.

Alertan de que este tipo de residuos podrían llegar a contaminar espacios naturales y convertirse en una nueva tipología de basuraleza, que es como denominan la basura abandonada en la naturaleza. “De hecho, en algunas playas de China, ya han aparecido este tipo de residuos. Hay que evitar, por tanto, que nuestras playas sigan la misma dinámica”, resaltan en un comunicado.

Cuál es la forma correcta de gestionar la basura

La forma correcta de gestionar esta basura es, insisten, tirarla al contenedor de restos, ya que puede estar contagiada por el virus y no debe mezclarse, por tanto, con los residuos de las fracciones destinadas al reciclaje (papel y cartón; envases, latas y bricks; vidrio; materia orgánica; y otros). Y es que desechar los productos que usamos para contener la COVID-19 en estos contenedores de recogida selectiva puede comprometer la salud de los trabajadores de las plantas de gestión de residuos y entorpecer el proceso ya de por sí afectado, como todos los sectores, por la nueva normalidad. Para los restos potencialmente contaminados, el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico (Miteco) especificó al inicio de la cuarentena decretada cómo debían manejarse los restos de material de protección que empleamos cuando tratamos directamente con personas infectadas.

En las actuales circunstancias debemos insistir en un mensaje muy claro: los guantes, mascarillas y demás material de protección deben ir siempre al contenedor gris, nunca al amarillo. Igual que la basura que se genere en una casa con algún miembro contagiado: siempre al gris. Y en el resto de hogares, seguir reciclando como siempre”, señala Sara Güemes, coordinadora de Ecoembes del Proyecto LIBERA.

Pero lo que se está viendo en algunos casos es que el paisaje está siendo contaminado por el arrojo indebido de guantes y mascarillas al suelo.

“Es importante no escatimar en el uso de protección (guantes y mascarillas) que desde las administraciones indiquen, tanto en cantidad como en calidad y modo de empleo”, arguyen desde LIBERA, pero agregan que “de la misma manera es importante mantener la prudencia en aquellas cuestiones que no tengan una evidencia científica y no hayan sido recomendadas por los responsables públicos”.

Inciden además en la necesidad, ahora más que nunca, de mantener sanos los ecosistemas. Más cuando se trata de una pandemia provocada por un virus de origen zoonótico, o sea, relacionado con la interacción del ser humano con la naturaleza “y, en concreto, con otras especies animales”.

Así, apuntan que “un ecosistema rico en biodiversidad también lo es en variabilidad genética y es esta variabilidad la que hace de escudo. Cuanto más deteriorada se encuentre la biodiversidad de un espacio natural más facilidad tendrán los virus de expandirse”.

 

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