ciudades saludables para niños

Niños y niñas también necesitan una ciudad a “su medida”

Los menores de edad están excluidos en un proceso democrático determinante para el rumbo que toma una ciudad: el voto. Sin embargo, niñas, niños y adolescentes aún pueden aportar su visión sobre qué tipo de urbe quieren habitar: si una pensada para la vida adulta y para el automóvil o un espacio donde se sientan seguros, autónomos y donde puedan participar de la toma de decisiones.

Este grupo es, junto con la tercera edad, el más desaventajado en el modelo de ciudad actual. Y eso que una urbe que pone a la infancia en el centro es una urbe segura, saludable y sostenible. Si los menores pueden pasear y jugar en la calle sin miedo al atropello, seguramente el resto de ciudadanos está también a salvo.

También es una ciudad más saludable, en tanto que las políticas públicas que se requieren para incentivar la movilidad activa (y, así, garantizar la autonomía de los más jóvenes) contribuyen a fortalecer una población que se desplazará más a pie y en bicicleta.

Además, una ciudad cuya planificación ha integrado las voces de los niños será seguramente una más verde. Las generaciones más jóvenes no son sólo las más concienciadas con los problemas ambientales —por las décadas que se les avecinan—; son también los más afectados por la actual crisis climática y la contaminación, dado que su desarrollo biológico (con un mayor consumo energético) los hace más vulnerables al estrés térmico y las partículas nocivas en suspensión.

Así lo pone de manifiesto el informe de UNICEF “Propuestas para una planificación urbana sostenible y responsable con la infancia”, publicado recientemente por este organismo de la ONU.

Más allá de diseñar espacios concretos para niños y niñas, los especialistas sugieren que se extienda a toda la planificación urbana una visión integradora con la infancia y la adolescencia. Que, en definitiva, se configure un hábitat en el que niños, niñas y adolescentes puedan “probar sus límites, ensayar y desarrollar su autonomía, acceder a servicios en condiciones de equidad, hacer uso de las infraestructuras, interactuar con la naturaleza en espacios verdes, preservar su salud y bienestar físico, mental y social, así como iniciarse en el ejercicio de ciudadanía a través de la participación, entre otros”.

Por ejemplo, sus propuestas incluyen medidas para favorecer la movilidad en bicicleta o a pie. Esto pasa por un debate sobre el reparto del espacio público que cobra especial relevancia en tiempos de pandemia. Si las ciudades, como sabemos, han sido pensadas para el automóvil, ahora tienen que situar a las personas en el centro.

Lo ideal sería revertir los porcentajes de desplazamiento, como ya hizo Pontevedra en tan sólo 15 años, que reconfiguró cómo se mueven sus ciudadanos en su día a día y logró rebajar sus niveles de polución atmosférica y de emisión de CO2 (por tanto, su impacto climático), así como el número de accidentes de tráfico ocurridos en la urbe gallega, recuerda el informe.

El cambio requiere además la expansión de áreas verdes para una mayor calidad del aire, la aplicación de procesos participativos en los que los menores de edad puedan contribuir al diseño de la ciudad y la recuperación del “sentido lúdico de la calle” y del uso que tradicionalmente tuvo ésta: “un lugar donde poder improvisar juegos y encuentros, desplazarse en bicicleta con tranquilidad, salir con los amigos y amigas a dar un paseo, montar un partido de fútbol, o de sentarse a la sombra a jugar a las cartas”, define el documento de UNICEF, que en este caso cita el ejemplo de Alcalá de Henares como municipio que ha modificado su normativa de uso de calles peatonales para permitir el juego en ellas.

También resulta clave la importancia del juego por, entre otras cosas, la capacidad de acción que confiere a los niños, “entendido como su proceso de toma de decisiones y su nivel de decisión propia en el juego. En este sentido el juego implica que los niños y niñas adopten un papel activo y sean dueños de sus propias experiencias, fomentando su autoconfianza y autonomía, y  empoderándoles como agentes de su propia trayectoria de aprendizaje”.

Otro aspecto a tener en cuenta, y que tiene que ver con la vivienda, es la iluminación en espacios interiores y exteriores, que según los expertos de UNICEF “incrementa la interacción social en espacios al aire libre y disminuye el riesgo de acoso, abuso y violencia hacia los niños y las niñas”.

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