Impacto medioambiental del dióxido de carbono: La clave del calentamiento global

Cuando hablamos de cambio climático, hay un término que se repite a menudo: CO2 o dióxido de carbono. Todos lo hemos leído o escuchado en los medios de comunicación. Pero ¿qué es el CO2 exactamente? ¿Sabríamos explicar el impacto medioambiental del dióxido de carbono en el medio ambiente? ¿Por qué todas las emisiones de gases de efecto invernadero se miden en CO2 equivalente? ¿Cómo lo emitimos? ¿Es malo, per se? ¿De qué manera y en qué medida comporta una amenaza para el planeta? Vayamos por partes.

¿Qué es el dióxido de carbono?

El dióxido de carbono (CO2) es uno de los gases emitidos por humanos que más preocupan a la comunidad científica porque, pese a que no es el más potente (en cuanto al efecto invernadero) sí es el que más tiempo permanece en la atmósfera. Además, es el responsable de casi el 80% del calentamiento antropogénico (proveniente de la actividad humana) desde mediados del siglo XX, mientras que el metano es culpable del 17% y el óxido nitroso del 6%. Por ello, para simplificar el cálculo del impacto climático de una acción, las emisiones en general de GEI se miden en “toneladas de CO2 equivalente” y, por el mismo motivo, para hablar de huella climática se emplea “huella de carbono”.

Además del metano (CH4) y del óxido nitroso (NO2), el paquete de gases de efecto invernadero en la atmósfera terrestre incluye también al vapor de agua (H20) y el ozono (O3). Se llaman así, GEI, porque retienen parte de la radiación solar y, en consecuencia, calientan la tierra. Es un proceso natural y necesario. Sin ellos, el planeta sería casi 30 grados más frío. Así, son imprescindibles para hacer posible la vida en la biosfera. Sin embargo, al mismo tiempo son uno de los mecanismos capaces de alterar el equilibrio entre energía entrante y saliente de la Tierra que el planeta necesita para mantener su sistema climático. De manera natural, la Tierra capta parte de la energía radiante del sol, refleja parte de ella en forma de luz e irradia el resto al espacio, en forma de calor. La diferencia entre la parte que se refleja como luz y la energía devuelta al espacio se conoce como “forzamiento radiativo”.

Pero el exceso de GEI está desestabilizando esa relación. A medida que aumenta su concentración en la atmósfera, la Tierra retiene más energía en lugar de expulsarla, por lo que el planeta se sobrecalienta, como un horno.

Las emisiones de GEI aumentan la temperatura de la tierra

A fecha de febrero de 2020, el mundo ya es 1,17ºC más cálido respecto a la media del siglo pasado. Y el ritmo actual de emisiones de GEI amenaza con impulsar el aumento de temperatura media de la tierra mucho hasta los cuatro grados a finales de siglo si no tomamos medidas contundentes e inmediatas para evitarlo, avisan los científicos. Este aumento supondría no sólo la destrucción masiva de especies y sino el empeoramiento considerable de la vida humana tal y como la conocemos. El sistema climático sería, sencillamente, otro, así que nos adentraríamos en plena incertidumbre.

Lamentablemente, el cambio climático ya se está produciendo y en este punto no se puede evitar pasar por algunas de sus consecuencias. Muchas de ellas ya son palpables en mayor o menor medida, según el punto geográfico en el que uno se encuentre. Sin embargo, los especialistas insisten en que la humanidad todavía está a tiempo de frenar el calentamiento y sortear sus peores repercusiones. Sólo hace falta, dicen, alcanzar la neutralidad climática lo antes posible, reduciendo a cero las emisiones de CO2 y atrapando las ya emitidas mediante técnicas de absorción de carbono (que pueden ser desde grandes masas forestales a tecnologías desarrolladas para este objetivo).

Y, para dejar de emitir CO2, hay que conocer primero de dónde proviene.

En estos momentos la atmósfera acumula más de 400 partes por millón (ppm) de CO2. Un incremento considerable desde las 280 ppm que se registraron en 1750. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Principalmente, gracias a la aceleración de la actividad productiva tras la II Revolución Industrial. La mayor fuente de emisión de dióxido de carbono es la quema de combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas natural. También la deforestación —al destruir reservas de CO2 absorbido por los árboles—, del mismo modo que la erosión del suelo (acabando con su potencial de sumidero de carbono), ha contribuido a este aumento intensificado de la huella climática de las sociedades industrializadas.

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