Come de forma “lenta” y apuesta por la filosofía Slow Food.

Cada vez vamos más rápido a todas partes y limitamos el tiempo del que disponemos poniéndolo al servicio del trabajo. Trabajamos más, vamos con prisas y, el poco tiempo que nos queda libre, lo invertimos en socializar, en actividades de ocio o en hacernos la comida como buenamente podemos (compramos en grandes cadenas de supermercados).

Y muchas veces, debido a una mala gestión de tiempo, o a la imposibilidad de sacar un rato para ir a comprar comida, acabamos consumiendo aquella que ha sido elaborada mediante procesos poco saludables. Desde su origen hasta su forma de cocción y distribución

 

El Fast Food y sus consecuencias

 

La realidad es que las grandes cadenas de comida rápida y las de los supermercados llenan su stock de productos transgénicos o que no han seguido unos métodos naturales de desarrollo. Los vegetales, cereales y frutas proceden de enormes campos de cultivo que han sido fumigados con pesticidas envenenando los alimentos.

La carne y el pescado provienen de granjas y piscifactorías en los que se alimenta a los animales en espacios limitados, en vez de en libertad, y con productos procesados (no naturales) para acelerar su crecimiento y engorde. El resultado que obtenemos es animales estresados y gordos, pero no sanos.

Estos procesos previos, en la elaboración de alimentos que deberían ser totalmente naturales, fomentan un crecimiento envenenado tanto en vegetales como en animales.

El siguiente paso que se da antes de la distribución en supermercados es su conservación y envasado.

Como se produce en cantidades industriales, es necesario introducir conservantes artificiales que prolonguen el buen estado de los productos y, a su vez, protegerlos con recipientes que habitualmente están hechos de plástico.

Por último, cuando compramos en cadenas de comida rápida, los alimentos suelen haber sido cocinados con mucha cantidad de azúcar, sal y aceites vegetales.

La conclusión que podemos extraer de todo esto es que habitualmente, en las grandes ciudades, no nos alimentamos ni de forma saludable ni de forma sostenbible.

 

Qué es el Slow Food

 

 

 

El Slow Food propone una filosofía que implica comer prestando atención a nuestra dieta. Es decir, siendo selectivos a la hora de comprar nuestra comida y plenamente conscientes en lo que respecta a su procedencia: la forma en la que ha sido cultivados la fruta y los vegetales, y cómo se han alimentado y cuidado los animales.

El movimiento Slow Food surgió en Italia, cuando en 1986 la marca McDonalds abrió un establecimiento junto a la gran escalinata de la Plaza de España en Roma.

Ante este hecho, periodistas de los diarios locales organizaron una manifestación para promover los productos naturales, las recetas locales y el disfrute de la comida de forma natural y sin prisas.

El Slow Food se opone a la unificación y estandarización del gusto para promover la difusión de una nueva filosofía que sepa combinar el placer de degustar los alimentos con el conocimiento de cómo han sido elaborados y cultivados.

Uno de sus objetivos es preservar el “patrimonio alimentario” que poseemos. Con este propósito, distingue de las grandes cadenas a productores, procesadores, comerciantes y gastrónomos regionales que comercializan alimentos y platos sanos y naturales.

De esta manera se fomenta el consumo de alimentos locales, frescos y de temporada. Se limitan los conservantes, los pesticidas o repelentes de insectos y de animales dañinos para los cultivos son naturales, y a los seres vivos criados en granjas se les alimenta con de forma natural y en libertad.

Por otra parte, se limitan los envases de plástico y las exportaciones o importaciones innecesarias de alimentos.

Además, este movimiento, trabaja para conservar la variedad de plantas cultivadas y los animales de consumo. Hoy en día, y a nivel mundial, este movimiento tiene una gran acogida en más de 130 países.

En 2004, la FAO reconoció al Slow Food como una organización sin ánimo de lucro y, a partir de ese momento, comenzó a colaborar con ellos.

 

Su manifiesto

 

“Este nuestro siglo, que ha nacido y crecido bajo el signo de la civilización industrial, ha inventado primero la máquina y luego la ha transformado en su propio modelo de vida.

La velocidad nos ha encadenado, todos somos presa del mismo virus: la Fast-Life, que conmociona nuestros hábitos, invade nuestros hogares, y nos obliga a nutrirnos con el Fast-Food.

Sin embargo, el homo sapiens debe recuperar su sabiduría y liberarse de la velocidad que lo puede reducir a una especie en vías de extinción.

Por lo tanto, contra la locura universal de la Fast-Life, se hace necesario defender el tranquilo placer material.

Contrariamente a aquellos, que son los más, que confunden la eficiencia con el frenesí, proponemos como vacuna una adecuada porción de placeres sensuales asegurados, suministrados de tal modo que proporcionen un goce lento y prolongado.

Comencemos desde la mesa con el Slow Food, contra el aplanamiento producido por el Fast-Food, y redescubramos la riqueza y los aromas de la cocina local. Si la Fast-Life, en nombre de la productividad, ha modificado nuestra vida y amenaza el ambiente y el paisaje, Slow-Food es hoy la respuesta de vanguardia.

Y está aquí, en el desarrollo del gusto y no en su empobrecimiento, la verdadera cultura, es aquí donde puede comenzar el progreso con un intercambio internacional en la historia, en los conocimientos y proyectos.

Slow Food asegura un porvenir mejor.

Slow Food es una idea que necesita de muchos sostenedores calificados, para que este modo (lento) se convierta en un movimiento internacional, del cual el caracol es su símbolo.”

 

Comprar en tiendas ecológicas, en fruterías y en mercados locales, además de cultivar un huerto ecológico con alimentos básicos; puede ayudarnos a afrontar esta problemática y a ser sostenibles y a respetar la naturaleza.

También podemos abanderar el cultivo ecológico como una forma diferente y revolucionaria de actuación frente a las grandes multinacionales y ante el poder que ostentan la industria alimentaria y las grandes cadenas de distribución. Además, de una apuesta por otro modelo social y económico.

Necesitamos reconectar con la tierra y valorar el coste que supone cultivar algo tan básico como un tomate, una lechuga o perejil para condimentar los platos.

Conseguir hacer de esto una reivindicación fundamental, donde los ciudadanos ganemos en libertad de decisión y controlemos las reglas del juego, depende de nosotros.

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